¡Buenos días!
Estaba esperando este post como agua de Mayo desde que esta mañana me terminé de escuchar El Debatito de esta semana. Precisamente tengo problemas de horarios para estar en los directos (o quedarme todo el programa), y poder participar desde el foro me parece una idea fantástica.
Ahora bien, no creo que pueda aportar ideas muy distintas a las que dijo Marta. Para empezar porque desconozco por completo la situación de la literatura estadounidense. Por no saber, ni sabía que tenían grados de formación en escritura. Así que el fenómeno me pilla absolutamente de nuevas.
Lo que sí siento que puedo añadir es mi experiencia con el medio, con como ha ido cambiando mi mirada sobre los productos culturales (concretamente sobre la literatura) en los últimos quince años, cuando he sido más consciente de los sesgos de los que partía y he intentado ponerles remedio. Quiero decir, yo siempre me las he dado de ser una persona muy juiciosa y reflexiva (aún más desde que terminé el grado de Historia), pero sigo arrastrando muchos prejuicios, incluso formándome continuamente sobre el medio.
No ha sido hasta hace poco que me puse a mirar con más atención si leía también a mujeres, porque yo también partía de la base de que elegía en función de mis gustos, pero mis gustos casi nunca reconocían a las mujeres como escritoras que pudieran interesarme. Eso podía tener lógica cuando era un ignorante en cuestiones de género, pero no después de que me formaran un poco en esto y me diera cuenta de que la mirada masculina no es genérica, es una invención que omite otra parte de la realidad igual de interesante y válida, pero a la que continúa menospreciando.
Y sé, en parte, de donde viene esto. Las identidades de grupo se generan y refuerzan también por oposición a la otredad. Lo masculino muchas veces se entiende como antítesis de lo femenino (ser hombre se suele interpretar como lo contrario a ser mujer y viceversa), pero en el intento de los más inseguros por afianzar su identidad dentro del grupo, minusvaloran a aquellos que consideran fuera, pisando “al contrario” para reforzar su estatus dentro del grupo al que buscan pertenecer.
Con cada ola feminista que demostraba la necesidad de emancipación, de sacar a la mujer de la minoría de edad permanente a la que se le había sometido, surgían otras tantas olas reaccionarias que necesitaban apuntalar el género como algo inamovible y esencialista. Aquí podríamos meter también los movimientos LGTBIQ+, pero yo creo que sería desviarnos del debate, aunque tened por seguro que también son importantes a la hora de configurar el género. No se entiende igual al hombre cisheterosexual, que al homosexual, incluso cuando hablamos de masculinidad, por poner un ejemplo.
Llevamos arrastrando dos siglos (pero diría que tampoco es un fenómeno que surgiera en el siglo XIX) lo que se denomina una crisis de la masculinidad. En cada periodo (ya no solo en cada siglo, siquiera en cada década), el enfoque no ha sido el mismo, pero en todos ellos se ha visto la necesidad de apuntalar y remarcar aún más los ideales de género: qué es ser un hombre o una mujer, a qué deben aspirar cada uno, etc.
Es evidente que los cambios sociales que se han afianzado en el último medio siglo, han producido ecos y resquebrajamientos en la hegemonía cultural que hasta ahora detentaba un cierto prototipo de hombre. Y creo que ahí es donde toda esta explicación previa entronca con lo que decía Marta. La necesidad de afianzarse de nuevo como lo hegemónico, de no perder esa parcela de poder, lleva a denigrar de nuevo lo que se considera “femenino”. No sea que esas ideas de igualdad, esas grietas que parecen pretender abolir el binomio masculino/femenino, perviertan a la sociedad y nos salgan hombres “poco masculinos”, por poner un ejemplo. Sé que suena a chiste, pero ese miedo es más real de lo que parece. Yo lo he sufrido en mi adolescencia y diría que me atormenta de vez en cuando.
En otra época, dentro de los poseedores del saber, se podría decir a viva voz que aquello considerado femenino no era deseable. Hoy en día, creo que muchos que se consideran menos extremistas (porque la extrema derecha no tiene demasiado miedo en decirlo vivamente) saben que expresar eso no es adecuado y disfrazan su discurso de otra manera. Por ejemplo, como saca a colación Marta con su debate, que los cursos de escritura, que casualmente pueden estar ahora más feminizados, porque la mujer tiene por fin acceso a escribir en calidad de igual con respecto al hombre (en teoría, en la práctica ya sabemos que sus obras se las sigue haciendo de menos), producen un material mediocre. O que, siendo ahora un pasatiempo más feminizado (por eso que señalaba Marta de los discursos que apelan a que leer ficción no es productivo), se está tirando por géneros o historias manidas. Al final, lo que subyace a todo esto es más de lo mismo: les gustaría que retornara un pasado idealizado que realmente no tuvo lugar y que no era tan perfecto como los críticos, que expone Marta, defienden. “Antes sí había buena literatura, no como ahora”, podría ser el resumen de sus argumentos, ¿no?
Hay otro punto que Marta señala en el debate y que me ha parecido significativo y es que en los 90 los géneros literarios por antonomasia en España eran el policíaco y la novela histórica. Yo, sin saber todo eso, tenía claro en aquella época y en décadas posteriores, que solo me merecía la pena leer eso. ¿Y eso por qué? Pues porque era y es lo que encuentras habitualmente en las secciones de recomendados de casi cualquier librería.
Y ahí entronco con los puntos dos y tres que señala Marta: las editoriales y las librerías les interesa hacer negocio, no promover la cultura (por mucho que se les llene la boca con proclamas así en días señalados como el 23 de Abril). En cada momento, analizan el sector y buscan disponer de aquello que más vende, igual que cuando vas a la sección de Historia y todo está casi copado por la II Guerra Mundial, el Imperio Romano y las batallas épicas (algo que hace llorar a casi cualquier historiador recién salido de la universidad ahora mismo).
De nuevo, esto se puede leer en clave de género: hasta hace no mucho, lo importante era el lector masculino, al que se seguía considerando el centro de todas las cosas. Y cualquier crítica hacia eso, o cualquier intento de cambio que se haya producido, aunque solo sea para vender más (no porque haya una concienciación social por parte de las editoriales o librerías), una parte no desdeñable del sector cultural (autores, críticos, académicos) ha comprado el discurso de estar ante una guerra cultural (un término que en los 60 y 70 aún era muy de nicho entre los reaccionarios más extremistas). Ahí tenemos a gente como Pérez-Reverte (autor al que reverenciaba en mi juventud) y los de su quinta que repiten como un papagayo el mismo discurso. Pero si la crítica solo viniera de los hombres que no saben aceptar que han perdido repercusión…
En definitiva, en mi opinión no hay duda de que estamos ante otro ejemplo reaccionario que utiliza la idea de que “la literatura de ahora ha perdido calidad con respecto a la de antes” como un disfraz. Independientemente de que las editoriales y librerías hayan visto una nueva oportunidad de negocio ofreciendo algo más de diversidad, enmarco este fenómeno en la ola retrógrada que estamos viviendo, en el que el más mínimo cambio, siquiera este (que se le dé una oportunidad a autoras o a un público lector que no se identifica con el cisheteropatriarcado), se entiende como una muestra más de estar ante el ocaso civilizatorio occidental.
No sé si os suena la idea de un tal Gibbon, que popularizó la idea de la decadencia del imperio romano, y que es un término que obsesionó a muchos historiógrafos varones desde entonces, llegándose a construir un patrón sociológico para explicar las fases de las civilizaciones (arcaico, clásico, etc.). Gibbon no inventó nada, la idea ya partía de los críticos renacentistas. Lo que hizo fue usarla para darle bagaje a sus estudios.
Pero la idea de decadencia civilizatoria es algo que causó tanto furor que, igual que con la crisis de masculinidad (y quizá por estar tan unido al género, aunque no lo parezca), lleva llenando ríos de tinta desde entonces. Incluso ahora, que se considera un modelo historiográfico eurocentrista y tremendamente subjetivo, sigue siendo usado por parte de los medios de masas y de los opinólogos retrógrados para explicar el presente. En realidad, lo que refleja este tipo de ideas es cómo enfrentamos el cambio. ¿Lo hacemos desde el miedo a perder cuotas de poder? Entonces es normal que nos pongamos catastrofistas.
Sé que estoy resumiendo ideas complejas que darían para otro debate más sesudo, pero creo que tiene sentido que las traiga a colacción, porque al final la queja sobre los “cambios en el gusto literario” son una manifestación más del miedo de algunos grupos humanos al cambio en general. Lejos de señalar que buena parte del estancamiento viene por perpetuar un sistema económico, político y social que ha demostrado a lo largo del último siglo no dar para más, e ir de crisis en crisis, la respuesta que se nos intenta imponer sigue siendo menospreciar y vituperar a aquellos que han conseguido, a base de esfuerzo (suyo y de las generaciones anteriores), una parcela en la que defender la legitimidad de su identidad.
Espero haber aportado un poco más al debate, más allá de darle la razón a la síntesis que hizo Marta en el directo de ayer.
Un saludo.
PD: No sé si lo leerás, Marta, pero me hizo muy feliz saber que lees a Mary Beard. Es una eminencia dentro de la historia antigua y sus libros de divulgación son muy interesantes.
PD2: Que señalaras por qué Jane Austen escribe de lo que escribe me pareció muy significativo. Hace un lustro o así, justo le hacía una crítica a mi mujer de que Dickens reflejaba una mejor realidad del periodo en el que vivía que Austen, por hacer referencia a la vida de una multitud mayor de lo que hacía Austen. Lo que no supe ver es que Austen no tenía la oportunidad de conocer el mundo que sí conocía Dickens porque, incluso siendo miembro de una clase acomodada, como mujer seguía teniendo vedados ciertos espacios, o incluso aunque no los tuviera vedados, es probable que se considerara de mal gusto que una mujer escribiera sobre ello. Lo dicho, aún tengo mucho sobre lo que aprender y me alegro de estar en un espacio que reflexiona sobre estas cosas.