He visto Fast & Furious y tengo: opiniones

¡Hola choquejuerguistas! Durante el maratón de la temporada de premios pensé “necesito ver alguna mamarrachada para compensar”. Así que empecé una saga con la que hasta ahora no había tenido contacto: Fast & Furious. Después de ver dosificadamente 11 películas rápidas y furiosas y de dejar unas semanas para reflexionar, comparto algunos pensamientos que he ido apuntando (perdón por la longitud).

Un par de disclaimers antes de empezar: 1) voy a usar “Fast & Furious” para hablar de la saga y “A todo gas” para hablar de la primera película. Fast & Furious (2009) se llamará simplemente “la cuarta”. 2) intentaré minimizar los spoilers, pero hay.

Una de las razones para entrar en Fast & Furious fue que me llamaba la atención cómo la saga ha calado en el imaginario colectivo. He oído a gente gritar a coches que van mangados por la calle “¿dónde vas, Toretto?”. Incluso viniendo de gente que me consta que ni ha oído hablar de estas películas. Un poco el concepto Fittipaldi del siglo XXI. Creo que este impacto se consiguió porque la primera película llegó en un momento perfecto: en el período de euforia económica y optimismo social de los primeros 2000, antes de la crisis. Es una época donde encontramos muchas pelis cuyo objetivo es —principalmente— estar guapísimas. Molar porque pueden. Estoy pensando en Van Helsing, Troya, Piratas del Caribe

También es una época que en España coincidió (más o menos) con un pico de interés en la Fórmula 1 y en otros deportes de motor (dato que he tenido que mirar). Creo que esto está relacionado también con la etapa antes de la crisis, porque estos deportes me parecen uno de los máximos exponentes del capitalismo en cuanto a actividades competitivas. Todo cuesta un pastizal, se contamina sin conciencia ambiental ninguna y al final gana quien tiene más dinero para pagar un vehículo mejor (al menos es como yo lo veo desde mis escasos conocimientos sobre este mundillo). En este sentido, ayudan a esta vinculación motor-capital el pufo de la Fórmula 1 en Valencia o el circuito que quieren montar ahora en Madrid.

Aparte de encajar tan bien en el zeitgeist, creo que la otra cosa que hizo bien la primera película para ganarse al público fue el planteamiento de sus personajes. Se refleja un poco la cultura de tribus urbanas. Son personajes pintorescos como los que había por entonces en el día a día. Podrían haber salido perfectamente en un programa de Callejeros. Esto en el resto de películas se pierde (salvo un poco en Tokyo Drift).

Una cosa que me llama la atención de A todo gas es que no hay un malo como tal. El “malo” son las circunstancias, la sociedad. El mundo de las carreras es una forma de contracultura. De hecho, de quien se sospecha como villano es un niño rico. Toda la organización de las carreras es gracias a la gente, a la acción colectiva. Es la chavalada quien corta las calles, intentando asegurarse de que no afecten a la gente que no está involucrada. Y se coordinan para intentar evitar a la policía, que es el enemigo, porque todo está al margen de la ley.

Este espíritu rebelde se pierde por completo después de la primera película. En la segunda alguien (huele a ejecutivo) pensó “a la gente le ha flipado la película por la trama del policía infiltrado”. 2 Fast 2 Furious (ocasión perdida de llamarla “A to2 gas”) parece 10-15 años más vieja que la primera. Es más machista, más racista (ahora sí hay malos y son los narcos)… más rancia, en general. Para mí es la peor de la saga con diferencia.

Después del despropósito de la segunda película, Justin Lin volvió a lo que hacía interesante a la primera película. Creo que esto se consigue en gran parte gracias al exotismo de tener todo en Tokio. Hay personajes pintorescos, pero quizás es solo por nuestra visión occidental. Sea como fuere, el total consigue recordar a A todo gas. No puedo dejar de pensar que a alguien se le ocurrió durante un brainstorming “¿qué se os viene a la cabeza cuando juntamos motor y Japón? Akira, claro”. Y montaron todo alrededor del derrape de Akira.

En realidad, Tokyo Drift es un espejismo, porque la cuarta película vuelve a la idea de los narcos. Si en A todo gas había algo de contracultura, aquí se acaba todo eso. Uno de los malos tiene tatuada una hoz y un martillo, por si a alguien no le queda claro quiénes son los malos. Y a partir de aquí es casi todo cuesta abajo. Villanos cada vez más absurdos (hasta llegar a Momoa en modo disfrutón), todo supervisado por agencias policiales y misiones de salvar el mundo.

Otra cosa que se pierde a lo largo de la saga es el valor de los coches. En A todo gas vemos cómo les cuesta conseguir los vehículos. Brian tiene que trabajar para poder participar en las carreras (pese a ser un policía encubierto) e incluso pide un adelanto a su jefe. Se apuestan los coches, que les supone un gran esfuerzo conseguir, porque están convencidos de que van a ganar. Esto se pierde por completo en todas las demás películas, salvo en Tokyo Drift. Los protagonistas pasan a tener a su disposición todos los vehículos que necesiten. También hay un cambio de paradigma en los propios coches: se pasa de modelos comunes tuneados a coches de lujo. La velocidad deja de trabajarse, se compra. En realidad los coches y las carreras dejan de ser algo central para convertirse en parte del decorado. El atractivo deja de ser la velocidad y pasa a ser el reparto, traer a un montón de actores famosos. Y hacer todo cada vez más espectacular. Pero eso es otro melón.

Como reflexión para terminar, creo que aunque esta sea mi visión, en realidad la saga se ha limitado a cambiar con la sociedad y por eso sigue gustándole a bastante gente. A principios de los 2000 el motor era un hobby para muchos jóvenes. Muchos incluso trasteaban con el tuning y se reorientaron laboralmente hacia la mecánica. Los coches eran una forma de expresar la identidad y la personalidad de cada uno. Había auténticas horteradas, pero tenían una historia detrás. Para una parte desgraciadamente grande de la chavalada de hoy en día, los coches son un símbolo de estatus, una muestra de lujo, según los discursos que les venden los influencers fascistas. Los coches y la dedicación ya no importan, solo importa el dinero con el que se compran.

Dejo un memillo que resume la saga para compensar el tocho:

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¡Tremendo análisis!

Yo estoy lejos de ser un experto en torettismo (creo que sólo vi la primera, la de Japón y la cuarta) pero está claro que, después de tantos años y tantas películas, es una saga que ya ha trascendido lo cinematográfico para incrustarse en la cultura popular de, al menos, un par de generaciones (incluso de aquellos que no han visto las películas, como comentas al principio).

Hay un detalle que siempre me llamó la atención para el que no sé si tienes alguna explicación (yo creo que directamente no la tiene): la peli de Japón originalmente se titula Tokyo Drift, pero en su versión española se cambió por Tokyo Race. Es decir, se cambió el título pero no se tradujo, sino que se cambió por otro distinto en inglés (¡incluso se mantuvo la “y” de Tokyo!).
¿Qué locura es esa?

PD. La verdad es que los dibujos de Absurda Melancolía valen para todo. ¡Nunca me los imaginé ilustrando un análisis de Fast&Furious!

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