Leí el comienzo de este hilo a inicios de semana pero me dije que lo respondería cuando sacara un poco de tiempo de calidad y ganas para ello, porque el tema me parecía muy interesante. Lo que pasa es que, tras leer las respuestas, creo que no voy a aportar mucho nuevo. No pasa nada, la gracia está en compartir la experiencia.
En mi caso, actualmente el problema del estancamiento y la indecisión me pasa con las series y las películas. Llevo unos años que solo soy capaz de ver un par de series (las que se estrenan que más me interesan) y con las películas solo consigo ver alguna en el cine, en casa nunca me apetece. Me cuesta elegir, da igual que me haya puesto películas en una lista de deseados, en el momento en que tengo la opción no me apetece ninguna, etc.
Al final, he asumido que si no me apetece ver algo, pues no lo veo. Tengo demasiados hobbies. Hace unos pocos años también jugaba más a juegos de mesa. Pero me ocurrió que me cansaba de aprenderme reglas nuevas, me aburrí de los solitarios, y la gente disponible para jugar o siempre le apetecían juegos nuevos y a mí no, o solo quería fundirse uno cooperativo que por entonces a mí me costaba de jugar.
En cambio, ahora juego más a videojuegos y leo más, que por entonces me resultaba algo más complicado. Con la lectura pasé una mala racha. Mientras estudiaba la carrera, leía tanto para la facultad, que no me apetecía leer nada más en mis ratos libres, aunque fuera ficción. Luego conseguí leer un poco de ficción a partir de adaptaciones que iban a salir al cine que me interesaban, o de periodos históricos que me gustaban, pero terminé por volver a los libros académicos, porque para estar formado en algo, nunca se lee lo suficiente.
La carrera de historia mató mi pasión por la novela histórica y también por el cine histórico. De ser un género que me apasionaba, de pronto, ya no fui capaz de disfrutarlo de la misma manera. Le encontraba mil fallos, me resultaba insoportable, sentía que los creadores de esos productos elegían el entretenimiento por encima de la fiabilidad histórica, y que eso maleducaba y creaba tropos viciados que luego a los historiadores nos costaba horrores de cambiar. En definitiva, me ponían “enfermo”; y lo peor es que todas esas sensaciones me generaban mucha culpabilidad. No era capaz de conjugar lo nuevo que había aprendido con aquello que antes me flipaba y que había provocado que precisamente eligiera esos estudios. Consideraba que me había traicionado a mí mismo.
Hasta que hace pocos años asumí que simplemente había cambiado. Igual que me había pasado con algunos géneros en los videojuegos (los plataformas o los juegos de acción, por ejemplo), me estaba pasando con la lectura. El tiempo diría si en algún otro momento volvería a ello o no, pero en realidad se trataba de aceptar mis nuevos gustos y ya está. ¿Que solo me apetecía leer ensayos o libros académicos? Adelante. ¿Que de pronto me daba por leer solo clásicos? Bien, vale. Lo importante era no sufrir en el proceso. ¿Para qué? Será por la cantidad de ocio que hay a nuestra disposición.
Evidentemente, como has señalado al principio tú y otros en sus respuestas, antes teníamos menos oferta y sacábamos más partido a los productos culturales. Quizá por lidiar con el aburrimiento, quizá porque la oferta y nuestro poder adquisitivo eran más escasos… Bien, vale, pero lo cierto es que los tiempos han cambiado. Como muchos habéis comentado antes, según fui adquiriendo más responsabilidades y mi tiempo de ocio se veía reducido, más apreciaba el cambio. Añoraba e idealizaba el pasado, pero a la hora de la verdad no me apetecía (incluso con los remakes y las retroconsolas a mi disposición) pasarme todo un verano jugando solo al Crash Bandicoot 2.
Cuando fui padre, vi como ese tiempo de ocio aún se reducía más. Ahí, además de lidiar con la paternidad, me obsesioné con sacar provecho al poco tiempo que me quedaba disponible para mí. Craso error. Esa obsesión, lejos de beneficiarme, me aturdía aún más y me hacía sentir peor cuando me dejaba un producto cultural sin acabar.
Creo que desde que jugué al GTA V al principio de comprarme la PS4 (hará como una década o así) no he sido capaz de acabarme casi ni un solo juego. Y cuando digo acabarme, me refiero a por lo menos la historia principal. Porque claro, en aquel momento empezaron a salir sandbox a patadas con miles de quest, y entonces descubrí que, igual que no era capaz de dejarme un libro por terminar (aunque no lo disfrutara), necesitaba pasarme todas las quest que me salían al paso. Y, por lo general, las secundarias tienden a ser más repetitivas que la cadena de misiones principal, por lo que acababa cansándome jugara a lo que jugara.
Aún hoy no sé lidiar con eso. Con lo de dejarme libros por el camino que no me gustan, sí. Eso lo tengo más entrenado. Pero con los videojuegos… Lo máximo que he conseguido asumir es que voy picoteando. ¿Me encantaría algún día sacarme el platino de algo solo por el hecho de haberlo conseguido? Sí, pero aunque estuve cerca en el Assassin’s Creed II y algún otro, al final me desanimaba, no tenía la suficiente paciencia. Bueno, pues a lo mejor, igual que admití que no pasaba nada por no leer X o Y durante una temporada, podría aceptar que no pasa nada por no ser capaz de lograr esa meta. Hay gente a la que eso le obsesiona, pero yo he descubierto que no es mi caso.
Sí, hay videojuegos que me gustan mucho. Últimamente estoy otra vez enfrascado al Hades 1. Se juntan dos de mis pasiones: los roguelikes, y la temática mitológica (muy bien adaptada en este caso, he de añadir). ¿Podría estar jugando a otro juego nuevo o que tengo por terminar? Sí, pero es que me apetece este. ¿Por qué voy a sentirme mal por disfrutar algo que me apetece hacer ahora aunque sea “repetitivo”? Realmente nunca llegué a descubrir “el final” de este videojuego tampoco. Conseguí muchos objetivos de las moiras, pero otros se me quedaron por hacer. Creo que vencí al boss final cuatro o cinco veces a lo máximo (y me costó lo suyo).
Pero cuando he vuelto, y lo empecé desde el principio aprovechando que lo tenía disponible para otra consola distinta, me di cuenta de que el conocimiento adquirido me permitía ir más rápido en algunas quests, que aún lo disfrutaba más porque ya no me sentía tan novato y… decidí abrazar todo eso y quedarme con esas sensaciones a la hora de jugar. Y si en unos días o unas semanas lo vuelvo a dejar, pues lo dejo, pero ese disfrute no me lo quita nadie.
Por suerte (realmente porque no dispongo de mucho dinero), no me puedo permitir el FOMO. Además, soy demasiado perezoso para ponerme a trastear mucho rato para piratear algo. Antes me convenzo que no lo necesito que frustrarme demasiado intentándolo (y aún así, recientemente me tiré casi todo un día para averiguar como meter el Mickey’s Wild Adventure en mi R65S).
En cuanto a la lectura, como dije, voy por rachas. El objetivo anual de Goodreads al principio me estimuló un poco a volver a coger cierto hábito. Pero también se volvió una obsesión cuando me atravesó alguna de las rachas en las que no me apetece coger un libro ni con un palo. Además, en ocasiones, quiero leer artículos académicos y eso no lo puedo trackear. En fin, la ludificación también tiene sus reversos tenebrosos.
En cualquier caso, este comienzo de año estaba atravesando una de esas rachas. Yo quería llegar a leer más que el año anterior, pero me apetecía menos. La mera obligación no me estimulaba. El tiempo que antes dedicaba a leer prefería brindárselo al rol o a los videojuegos.
Pero entonces, por casualidades de la vida, surgió la oportunidad de apuntarme a un club de lectura de un canal de twitch que sigo. Se eligió un clásico: La metamorfosis de Kafka, un libro cortito pero de un autor que no me motivaba demasiado. Me he leído pocos clásicos en la vida y casi todos por obligación académica. Siempre tenía la sensación de que les iba a sacar poco partido o me iban a aburrir soberanamente.
Sin embargo, eso no pasó. Al contrario, gracias al bagaje cultural que ya tenía, le saqué más provecho del que creía. De pronto, un nuevo universo se abría ante mí y volví a retomar la pasión por la lectura con ganas. Si antes llevar dos libros al mismo tiempo me parecía una proeza, ahora hay meses que llevo incluso tres. Sin presiones o solo con la de cumplir el plazo para leer el libro del club de lectura en el tiempo acordado, pero dan tanto margen que me resulta asequible.
En definitiva, realmente mi consejo (usando para ello el ejemplo que me ha ido brindando la vida) es que te dejes fluir, que abraces el caos como dicen más arriba. ¿Habrá días en los que te agobies por las elecciones tomadas y te arrepientas de alguna decisión? Sí, seguramente. No somos máquinas. Nos influyen un montón de variables en el humor: las expectativas, la presión ambiental, los cambios hormonales… Ya nos cuesta entendernos los días buenos, como para presionarnos más en los malos.
Sí, supongo que como consejo es un poco meh. La cosa es que, y creo que Marta y Alberto lo han señalado alguna vez, el ocio no tiene que resultar productivo. El ocio es ocio. Hay días que lo que toca, por vicisitudes de la vida, es aburrirse. Otros que conectas un montón con aquello que has elegido.
Sí señalo un punto, que se ha mencionado en muchos posts, pero que también siento que me ha afectado mucho y que estoy tratando de dejar a un lado y es romper con eso de mirar el móvil en los ratos muertos. Sobreestimular la cabeza con cosas banales, sin darle tiempo a divagar, a dejar de consumir… solo ayuda al agobio.
¿Tan importante es “estar al día” de algo? Mi opinión es que no. Y ya no hablo solo del FOMO. Antes me costaba horrores (por circunstancias de la vida de las que no quiero justificarme) quedarme solo con mis pensamientos. Era como si sintiera terror a ello. Prefería ponerme de fondo algo, caminar con música o una voz que me hablara, escuchando un directo de twitch o un podcast… La cuestión era no dejar que mi mente vagara, creo que porque tenía miedo a que se recreara en la sensación de fracaso permanente que entonces me asolaba (los denominados pensamientos intrusivos).
Pero una vez que he trabajo psicológicamente sobre eso, me he dado cuenta de que esa voz no era tan recurrente como yo creía. Puedo estar a gusto escuchando los coches pasar mientras camino, fijándome en mi alrededor cotidiano cuando cada día voy a comprar una barra de pan, manteniéndome en silencio mientras desayuno. También intento romper con mirar el móvil mientras voy en el ascensor o espero a que me atiendan en la caja del supermercado. No siempre lo consigo, pero cuando lo hago, me permito pensar.
No sé si me ha ayudado a reflexionar mejor, pero sí he descubierto que he roto con la sobreestimulación mental y eso me ayuda a sobrellevar mejor los días. Estoy menos agotado mentalmente, tengo más paciencia, me noto más feliz. Y creo que eso es importante. Las redes sociales están bien. Yo hay algunas que no he usado nunca o casi nunca y otras en las que entro al menos una vez todos los días. Pero sí he descubierto que cuando el impulso de entrar lo tomo yo de manera consciente, cuando lo hago porque quiero y no por matar el tiempo, me siento más cómodo.
Romper con ese deseo de la aplicación porque te quedes más tiempo (porque a la propietaria de la misma le beneficia) es muy satisfactorio. ¿Es revolucionario? A mí me lo parece. En cualquier caso, os animo a todos a que sigáis con ello. No creo que nunca llegue a la decisión drástica de Marta de no estar en ninguna red social. Me gustan demasiado y siento que me aportan cosas que me son beneficiosas. Pero hasta cierto punto. Cuando he sido más consciente de como canibalizan tu tiempo (cortesía de la divulgación de Roc Massaguer), he intentado romper con esa dinámica. No hay nada como el comienzo de curso para intentar poner en práctica nuevas metas, ¿no?
Un saludo a todos.