Nuestra travesía por los 70, tras haber recalado en títulos un poco más de nicho como Wanda o la africana Touki Bouki, nos lleva a adentrarnos en la obra de uno de los grandes cineastas canónicos, el sueco Ingmar Bergman.
Supongo que este señor no necesitará mucha presentación. Es sin duda una institución del cine europeo, uno de los grandes, y su legado es omnipresente a nuestro alrededor: ya sea por sus discípulos (en el caso de Joachim Trier y la película que nos ocupa, de forma bastante obvia) o alguna que otra polémica tardía como cuando Stellan Skarsgard sacó a relucir que Bergman fue simpatizante del nazismo cuando era joven.
Dejando de lado lo mucho que ha influido en cineastas como el mismo Trier, Woody Allen o incluso Pedro Almodóvar (Tacones lejanos no deja de ser un remake de Sonata de otoño), de Bergman hay que tener en cuenta su pasión por el teatro, su afán por experimentar con el lenguaje cinematográfico (no solo por locuras como la archiconocida Persona, sino también por los escasos remilgos que le puso a trabajar en televisión) y unas preocupaciones temáticas siempre a caballo de la espiritualidad y la culpa.
Sonata de otoño sería una de sus películas tardías y llegó en un momento especialmente duro para el cineasta (algo que quizá podamos atisbar en el propio film, de una intensidad dramática bastante loca). Fue cuando, a mediados de los 70, le arrestaron en Suecia por evasión fiscal, y encaró un proceso muy desagradable que, aunque terminó a su favor (y el gobierno tuvo que pedirle disculpas) le destrozó anímicamente. Bergman se deprimió y abandonó su país natal, mudándose a Múnich. Es el motivo por el que Sonata de otoño, pese a contar con un equipo mayormente sueco, está desarrollada al completo en la República Federal Alemana.
Años más tarde Bergman se reconciliaría con Suecia y rodaría una de sus últimas obras maestras, Fanny y Alexander, habiendo conseguido previamente un gran éxito con Sonata de otoño. Y es que este drama claustrofóbico no solo tenía a su habitual Liv Ullmann de protagonista (expareja de Bergman), sino que estaba protagonizada por la otra gran celebridad del cine apellidada Bergman: Ingrid Bergman.
Ingrid era sueca como él y había conseguido combinar el estrellato absoluto de Hollywood (llegó a ganar tres Oscars) con una obra monumental en Europa, gracias sobre todo a la colaboración con Roberto Rossellini, con quien se casaría y divorciaría más tarde (ya que a Bergman le gustaban tanto los reflejos, menuda cosa divertida es comparar su idilio con Ullmann con el de Rossellini-Ingrid Bergman). Ingrid, por cierto, fue nominada al Oscar una vez más gracias a Sonata de otoño, y sería su última peli para cines porque en medio del rodaje le diagnosticaron cáncer de mama. Fallecería en 1981 tras haber interpretado a Golda Meir en un telefilm israelí.
Y creo que esa es la trivia jugosa que tiene la peli. ¿Qué os ha parecido? ¿Era vuestra primera experiencia con Bergman?
