Séptimo Cinefórum, primer Cinefórum del año, segundo Cinefórum dedicado a la década de los 60 después del experimentalismo de Las margaritas de Vera Chytilová.
Viajamos a Italia para introducirnos en la que quizá sea la película más relevante a muchos niveles que hayamos tratado nunca en este espacio. Se trata de La batalla de Argel, tercer largometraje del cineasta nacido en Pisa Gillo Pontecorvo, de biografía apasionante incluso antes de coger una cámara. Su origen judío provocó que, ante el ascenso del antisemitismo en Italia a lo largo de los años 30, se exiliara a París y ahí contrajera amistad con Picasso, Stravinsky o Sartre, para asociarse a movimientos de izquierda y más tarde combatir en el bando republicano durante la Guerra Civil Española. Poco después, como militante del Partido Comunista de Italia, fue uno de los grandes combatientes antifascistas en la Resistencia europea durante la Segunda Guerra Mundial. Terminada la contienda, decidió que quería ser cineasta al ver Paisá de Roberto Rossellini en 1946.
Esto es clave porque lo que caracteriza a Pontecorvo (y en particular a La batalla de Argel) es la voluntad de traducir el neorrealismo italiano a nuevas coordenadas históricas luego de que este se hubiera formulado estéticamente durante la inmediata posguerra. También guía a Pontecorvo un espíritu rigurosamente marxista, claro, que le hizo interesarse por los grandes conflictos de su tiempo. Una vez se había distanciado del Partido Comunista a causa de la intervención de la URSS en Hungría a mediados de los 50, el segundo largometraje de Pontecorvo causó bastante notoriedad: Kapò se basaba en la experiencia en un campo de exterminio nazi, y aparte de ser nominado al Oscar a Mejor película extranjera fue el objeto de una polémica muy célebre entre la crítica francesa por cierto travelling que Jacques Rivette consideró una abyección cinematográfica, impulsando con ello los debates en torno a la ética de las imágenes que llega hasta nuestros días.
Pontecorvo dirigió pocas pelis porque quería que cada proyecto le apasionara de forma profunda y estuviera totalmente documentado; en años posteriores dirigiría Queimada (1979) con Marlon Brando u Operación Ogro (1979), dedicada nada menos que al terrorismo vasco en España y al atentado contra Carrero Blanco en particular.
Ciñéndonos a La batalla de Argel, se trata de una recreación de la Guerra de la Independencia de Argelia contra el ejército de Francia, que había concluido con la efectiva independencia de Argelia cuatro años antes de que Pontecorvo se pusiera a trabajar en la peli. Fue, de hecho, un encargo del gobierno argelino basándose en el libro Souvenirs de la Bataille d’Alger de Saadie Yacef, quien había documentado el conflicto en tiempo real como uno de los rebeldes y de hecho terminaría protagonizando la película como un personaje basado en él mismo, el líder Djafar.
Porque claro, siguiendo la senda del neorrealismo Pontecorvo prescindió en lo posible de actores profesionales (la gran excepción es Jean Marin como Philippe Mathieu, coronel del ejército francés, aunque igualmente Marin había luchado en la Resistencia francesa y utilizó su experiencia biográfica para el papel), y se ciñó junto a su guionista Franco Solinas a la perspectiva del revolucionario Ali LaPointe durante la contienda.
La película fue extremadamente innovadora en sus estrategias para recrear el conflicto, combinando espectáculo y documental para ser un total éxito desde su proyección en el Festival de Venecia. Donde recibió el León de Oro y provocó la indignación de la crítica francesa, que se negó a ver la película; la pérdida de la colonia de Argelia había sido una humillación internacional, conduciendo a que La batalla de Argel tardara en estrenarse en Francia siete años. Antes de La batalla de Argel solamente Jean-Luc Godard había querido acercarse al conflicto en 1960, con su segunda película tras Al final de la escapada, El soldadito. Pero esta película también sufrió la censura, y no se estrenó hasta 1963.
Curiosamente, en EEUU la película tuvo una popularidad enorme, al lograr enclavarse en el sentimiento de repulsa ante la contemporánea guerra de Vietnam. Pauline Kael escribió de ella que era la película más revolucionaria desde El acorazado Potemkin (dijo que Pontecorvo era el tipo más peligroso de marxista, un “poeta marxista”), a Pontecorvo le nominaron a Mejor dirección, y la película se ha convertido en un clásico. Tarantino empleó parte de la banda sonora de Ennio Morricone para Malditos bastardos, y ha sido una influencia declarada de obras tan recientes como Andor o Una batalla tras otra. También ha sido empleada como tutorial de entrenamiento para células revolucionarias e intervenciones militares a lo largo de las décadas.
Así de tocha es la peli que nos ocupa. ¿Qué os ha parecido?

