Slow Cinefórum #7: La batalla de Argel (Gillo Pontecorvo, 1966)

Séptimo Cinefórum, primer Cinefórum del año, segundo Cinefórum dedicado a la década de los 60 después del experimentalismo de Las margaritas de Vera Chytilová.

Viajamos a Italia para introducirnos en la que quizá sea la película más relevante a muchos niveles que hayamos tratado nunca en este espacio. Se trata de La batalla de Argel, tercer largometraje del cineasta nacido en Pisa Gillo Pontecorvo, de biografía apasionante incluso antes de coger una cámara. Su origen judío provocó que, ante el ascenso del antisemitismo en Italia a lo largo de los años 30, se exiliara a París y ahí contrajera amistad con Picasso, Stravinsky o Sartre, para asociarse a movimientos de izquierda y más tarde combatir en el bando republicano durante la Guerra Civil Española. Poco después, como militante del Partido Comunista de Italia, fue uno de los grandes combatientes antifascistas en la Resistencia europea durante la Segunda Guerra Mundial. Terminada la contienda, decidió que quería ser cineasta al ver Paisá de Roberto Rossellini en 1946.

Esto es clave porque lo que caracteriza a Pontecorvo (y en particular a La batalla de Argel) es la voluntad de traducir el neorrealismo italiano a nuevas coordenadas históricas luego de que este se hubiera formulado estéticamente durante la inmediata posguerra. También guía a Pontecorvo un espíritu rigurosamente marxista, claro, que le hizo interesarse por los grandes conflictos de su tiempo. Una vez se había distanciado del Partido Comunista a causa de la intervención de la URSS en Hungría a mediados de los 50, el segundo largometraje de Pontecorvo causó bastante notoriedad: Kapò se basaba en la experiencia en un campo de exterminio nazi, y aparte de ser nominado al Oscar a Mejor película extranjera fue el objeto de una polémica muy célebre entre la crítica francesa por cierto travelling que Jacques Rivette consideró una abyección cinematográfica, impulsando con ello los debates en torno a la ética de las imágenes que llega hasta nuestros días.

Pontecorvo dirigió pocas pelis porque quería que cada proyecto le apasionara de forma profunda y estuviera totalmente documentado; en años posteriores dirigiría Queimada (1979) con Marlon Brando u Operación Ogro (1979), dedicada nada menos que al terrorismo vasco en España y al atentado contra Carrero Blanco en particular.

Ciñéndonos a La batalla de Argel, se trata de una recreación de la Guerra de la Independencia de Argelia contra el ejército de Francia, que había concluido con la efectiva independencia de Argelia cuatro años antes de que Pontecorvo se pusiera a trabajar en la peli. Fue, de hecho, un encargo del gobierno argelino basándose en el libro Souvenirs de la Bataille d’Alger de Saadie Yacef, quien había documentado el conflicto en tiempo real como uno de los rebeldes y de hecho terminaría protagonizando la película como un personaje basado en él mismo, el líder Djafar.

Porque claro, siguiendo la senda del neorrealismo Pontecorvo prescindió en lo posible de actores profesionales (la gran excepción es Jean Marin como Philippe Mathieu, coronel del ejército francés, aunque igualmente Marin había luchado en la Resistencia francesa y utilizó su experiencia biográfica para el papel), y se ciñó junto a su guionista Franco Solinas a la perspectiva del revolucionario Ali LaPointe durante la contienda.

La película fue extremadamente innovadora en sus estrategias para recrear el conflicto, combinando espectáculo y documental para ser un total éxito desde su proyección en el Festival de Venecia. Donde recibió el León de Oro y provocó la indignación de la crítica francesa, que se negó a ver la película; la pérdida de la colonia de Argelia había sido una humillación internacional, conduciendo a que La batalla de Argel tardara en estrenarse en Francia siete años. Antes de La batalla de Argel solamente Jean-Luc Godard había querido acercarse al conflicto en 1960, con su segunda película tras Al final de la escapada, El soldadito. Pero esta película también sufrió la censura, y no se estrenó hasta 1963.

Curiosamente, en EEUU la película tuvo una popularidad enorme, al lograr enclavarse en el sentimiento de repulsa ante la contemporánea guerra de Vietnam. Pauline Kael escribió de ella que era la película más revolucionaria desde El acorazado Potemkin (dijo que Pontecorvo era el tipo más peligroso de marxista, un “poeta marxista”), a Pontecorvo le nominaron a Mejor dirección, y la película se ha convertido en un clásico. Tarantino empleó parte de la banda sonora de Ennio Morricone para Malditos bastardos, y ha sido una influencia declarada de obras tan recientes como Andor o Una batalla tras otra. También ha sido empleada como tutorial de entrenamiento para células revolucionarias e intervenciones militares a lo largo de las décadas.

Así de tocha es la peli que nos ocupa. ¿Qué os ha parecido?

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Muchas gracias Alberto por todo este contexto, introducción y trabajo.

En primer lugar, reconozco que la fiebre y el cansancio no me ayudó a ver esta película, pero tenía muchas ganas de leeros porque verla fue un tema.

Para empezar, porque no vi esta película como se ve una película. Tampoco la vi como se mira un documental, pero sin duda no registraba personajes o tramas después de los primeros cinco-diez minutos.
Ha sido una película incomodísima que me llevaba a pensar y reflexionar sobre muchos temas y las complejidades de algo que muchas veces se me escapa.
No me sorprende todo lo que ha escrito Alberto y la relación de esta obra con el neorrealismo italiano, porque es evidente. También me ha hecho pensar en Múnich y esa incomodidad con los temas e imágenes de las que no me podía desprender incluso al acabar la película. Pero es que que imágenes… Hay momentos que de verdad me incomodaban tanto que tenía cero ganas de seguir mirando. Esos zooms donde de repente aparecía mucho grano y parecían imágenes periodísticas, de archivo o yo que sé. O esos planos con CIENTOS de extras.
En la universidad recuerdo que nuestro profesor de narrativa nos explicaba el “poder de la espectacularidad” con películas como Lawrence de Arabia o Ben-Hur y todos esos extras, caballos y paisajes que, solo de verlo, abrumaban. Claro, ahí veo un espectáculo. Aquí veo… bueno, pues lo que hay.
Esto ya me ha pasado mucho con el neorrealismo italiano, pero hay momentos que, por mucho que pienso, no sé cómo cojones se han producido algunas cosas.

También me ha impresionado mucho lo segura de sí misma que es. Sin miedo alguno a entrar aquí de lleno y salpicar a quien quiera. Tratando con la misma sobriedad a estos que aquellos y sin arrugarse ante nada.

Por último, la reflexión más política:
Como con Múnich, aunque al principio tenga muy claras las cosas, poco a poco “los buenos” hacen cosas malas y se entra en una espiral de violencia que se me escapa a nivel emocional, político e ideológico. Al fin y al cabo, soy de una familia y una época donde el terrorismo parecía lo peor del mundo y no se me explicó ni que es ni de donde viene. Para poder seguir tenía que recordarme constantemente el inicio del conflicto y lo simple de todo, en realidad: el puto colonialismo.

Muchas ganas de leer lo que pensáis.

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Alberto, como siempre, gracias por esas introducciones que son pequeñas clases de historia del cine.

Con respecto a ‘La batalla de Argel’, tanto en lo formal como en lo discursivo hay tela que cortar. En primer lugar, no veo ese tono documental, de documento que testimonia unos hechos, a pesar de que es algo bastante asociado a esta película en el imaginario colectivo. Ni hay tanta cámara en mano como podría esperarse, ni se rehúyen artificios como algún zoom, y la graduación dramática nunca se abandona en favor de una visión más contemplativa.

De hecho, una de mis secuencias favoritas, la de las tres bombas, diría que es puro Hitchcock: tanto en la planificación y ejecución del suspense, como en la aplicación del libro de jugadas del director (esa diferencia entre suspense y sorpresa que le explicó a Truffaut).

En cuanto al discurso, dos cosas. La primera, que Pontecorvo me parece un director muy interesante como representante de un cine político europeo, junto a nombres como Costa-Gavras o Marco Bellocchio, que abordan problemáticas políticas “duras” en contraste con cineastas como Ken Loach que se acercan a las dimensiones sociales y laborales de los conflictos. Como militante que hace pelis, ole por él…

… Pero aquí tiene algún que otro desliz importante (en la línea de la movida de ‘Kapo’). Para mí el más llamativo es usar la misma melodía de Morricone en el atentado perpetrado por la policía y en los que comete el FNL. Me parece muy poco coherente con el discurso de Pontecorvo, ya que la cuestión de la equidistancia o de la condena a todos sobrevuela inevitablemente. Esas rimas audiovisuales, en fin, podrían pensarse mejor.

En cualquier caso, muy oportuna a la luz de los acontecimientos que estamos viviendo, el colonialismo y el imperialismo siguen vivitos y coleando.

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¡Menudo cambio con respecto al mes pasado! Un salto gordo desde la ligereza y el tono desenfadado de Las Margaritas a esta Batalla de Argel.
Vaya por delante que me ha gustado mucho, pero es una película seca, seca.
Hay una historia que contar y eso es lo que hace, sin concesiones, con esos rótulos en los que se detalla la hora exacta en la que suceden las acciones. Aquí venimos al puro dato. Minuto a minuto, si es necesario.
Me llama la atención lo que comenta Alberto en la introducción de que la película fue un encargo del gobierno Argelia, porque como filme propagándistico la verdad es que no se recrea casi nada en la victoria argelina ni da una visión triunfalista del conflicto.
Yo creo que sí que le encontré esas trazas casi de documental, @Jose, sobre todo en la parte final de la película con la crónica periodística como único apoyo a las imágenes, aunque es verdad lo que dices de que durante su mayor parte la película es un artefacto muy cinematográfico (sobre todo por el uso del montaje en las secuencias en las que transcurren varias acciones a la vez).
Sobre la banda sonora, me llamó la atención que esté acreditada a Morricone y al propio Pontecorvo.
Y, siguiendo con la música, tremendo temazo este (y vaya contraste con la secuencia a la que acompaña):

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Me gista mucho el apunte sobre la musica y su uso.
Y el adjetivo de “seca” me parece super apropiado para la cinta.

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Me alegro de que os gusten tanto las introducciones de las pelis, la verdad es que disfruto enormemente recopilando la información y poniéndola para acá jeje.

La película me dejó deslumbrado. A un nivel puramente técnico (y, diría yo, productivo), me parece una barbaridad, cómo se emplean tantos recursos en situarte en un escenario concreto, en unas circunstancias tan específicas, y todo hace que sientas que estás ahí. Me recordó mucho a cómo me sentí la primera vez que vi el desembarco de Normandía en Salvar al soldado Ryan (una de esas experiencias fundacionales de cinéfilo formuladas con un extasiado “fuá chaval”).

Es cierto lo que comentáis que igual no hay tanta reminiscencia documental como se ha acostumbrado a apreciar dentro del discurso oficial, y yo supongo que es algo que se achaca a las condiciones de producción heredadas del neorrealismo (en cuanto a los actores y las localizaciones) antes que en el lenguaje cinematográfico. Porque lo cierto es que hablamos de una peli muy peliculera. Vaya, es que con razón Paul Thomas Anderson se acuerda de ella en Una batalla tras otra, y es la gran referencia de escritura para Andor: es un cine pirotécnico, entretenidísimo, rodado de puta madre, que imagino que en los 60 dejó temblando a Hollywood pensando en las cosas que se podían hacer. Que imagino incluso que gente como Hitchcock o Clouzot admirarían, incluso envidiarían.

Creo que es justamente este rollo peliculero lo que lleva al desliz con la música que decía @Jose (y lo que imagino que sí, llevó a la polémica de Kapo, que aún no he visto); Pontecorvo se deja llevar por el espectáculo en todo momento y a veces la caga, pero es que por eso mismo la peli es tan interesante en mi opinión. Porque ese espectáculo se canaliza en una energía contagiosa, una euforia que aquí está depositada en los mejores lugares para que haga lo que tiene que hacer el buen cine político: agitar, inspirar.

Yo no creo que la peli sea equidistante en ningún momento: tiene claro que el colonialismo es el enemigo y que solo hay un bando bueno, pero al mismo tiempo es lo bastante inteligente como para construirte un personaje trágico/carismático en el otro bando, el del coronel, cuyos motivos puedas entender y desde cuyo prisma se exprese que la situación no es tan sencilla como el mal contra el bien, que el mal también lleva a unas circunstancias insostenibles a quienes son movilizados por él.

No sé si estoy frivolizando pensando tanto en Andor, pero ya que me gusta tanto la serie y creo que por aquí hay muchos fans, podría resumir mis sensaciones como que las imágenes de La batalla de Argel son las imágenes que el personaje de Stellan Skarsgard debía tener todo el rato en la cabeza en la serie de Star Wars.

PS: Aprovecho para recomendaros enormemente Operación Ogro de Pontecorvo, que la vi el otro día también y es otro peliculote de flipar. Me dispongo a ver Kapo algún día de estos para decirle a Jacques Rivette que se vaya a la mierda.

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Esto de aquí (que has expresado tan bien) es lo que hace que vea la peli y diga: “esta es mi mierda”.

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Sí sí, completamente de acuerdo en que Pontecorvo no plantea ninguna duda en cuanto a su posicionamiento. Precisamente por eso, detalles formales que chocan contra la coherencia del discurso me parecen lagunas de la propuesta.

La movida del cine político está en lo complicado que resulta muchas veces mantener el tono en lo ideológico y en lo formal. Pero ojo, que no voy a andar poniéndome tiquismiquis, que la peli es un cañón.

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Como decís, en ningún momento es equidistante con el colonialismo. Pero sí creo que intenta ser honesta y sobreponerse a un posible sesgo para no convertirse en simple propaganda del gobierno argelino (sobre todo siendo un encargo).

Creo que para esta honestidad es clave que Yacef sea a la vez actor, personaje y escritor de la historia en que se basa la película, que además es la suya propia. A partir de todas estas facetas de Yacef se construye la relación de Djafar con el coronel. Se respetan mutuamente, como ponen de manifiesto cuando le detiene. Creo que este reconocimiento viene, en gran medida, de que el coronel luchara en la Resistencia contra los nazis. Si en esa época Yacef/Djafar hubiera estado en la metrópolis, lo más seguro es que hubieran combatido juntos. Esta dinámica al final legitima la lucha del FLN de cara al público, porque no luchan “contra” los franceses (no les mueve el odio al enemigo), sino “por” su independencia.

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Me vuelve tan loco lo de Yacef. Además que me gustó mucho descubrirlo después porque el tipo tiene una presencia en pantalla brutal, y la escena en la que le explica a Ali cómo funciona la lucha revolucionaria es antológica; me preguntaba si el tipo era actor profesional y resulta que no, simplemente es… un puto héroe jaja.

Y claro es justo lo que dice @Koznarov, hay un equilibrio muy conseguido en entender a ambos bandos mientras se deja claro qué es lo legítimo. Y particularmente me gusta muchísimo el personaje del coronel; hay una escena en la que dice lamentar que Sartre se posicione con el FLN que ahí puedes transpirar su frustración a la vez que su arrogancia, y que está francamente guapísima.

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Wow. Qué locura. Qué pulso, qué energía, qué fuerza. Me flipó completamente. La historia de Pontecorvo me pareció apasionante, es como si una película como esta solo pudiera salir de alguien con semejante biografía. Es una película muy viva y tenía que nacer a través de una vida tan vivida.

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Totalmente, es que menudo personaje Pontecorvo, con esa biografía como para no hacer pelis tan alucinantes (también creo que no es casual que fuera justo Rossellini el que le hiciera amar el cine en lugar de cualquier otro director de Hollywood)