Octavo Cinefórum, segundo del año, tercero dedicado a la década de los 60 después de Las margaritas de Vera Chytilová y La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo.
En este caso toca volver al experimentalismo liderado por una mujer pionera como en el caso de Chytilová, aunque ahora adentrándonos en la contracultura estadounidense y en el llamado New American Cinema. Esto es, un grupo de cineastas de vanguardia que se forjó en Nueva York a finales de los años 50 (articulados según el manifiesto de la Cooperativa de Cineastas) e incluía a figuras tan ilustres como Maya Deren, Stan Brakhage, Jonas Mekas o la jefaza que nos ocupa, Shirley Clarke.
Originalmente había querido ser bailarina y eso es lo que estudió contra los deseos de su padre: un hombre abusivo que trató de entorpecer su carrera hasta que conoció a su marido Bert Clarke y se alejó de la familia biológica. Pudo entonces reconvertir su pasión en varios cortometrajes experimentales que tenían la danza como tema central (caso de Dance in the Sun en 1953), si bien este interés por el audiovisual pronto alcanzó cotas más ambiciosas. Por ejemplo las dos partes de Bridges-Go-Round, centrado en los puentes de Nueva York, o sobre todo el cortometraje Skyscraper, que centrándose en la construcción de un rascacielos fue premiado en Venecia y nominado a un Oscar.
Fue entonces, a inicios de la década de los 60, cuando quiso adaptar para su debut al largometraje una obra de teatro que estaba haciendo mucho ruido en los círculos contraculturales: La conexión, desarrollada por Jack Gelber, la película que nos ocupa. Para llevarla al cine Clarke mantuvo a Gelber como guionista y a buena parte del reparto (incluyendo a Carl Lee, con quien iniciaría un romance que provocaría su divorcio con Bert), al tiempo que la adaptación se fundamentaba en un planteamiento rompedor: así como la obra original partía del ficticio empeño de hacer una obra de teatro con un grupo de músicos de jazz heroinómanos, en el cine se haría algo equivalente. Es decir, un director y un cámara que se introducirían en el piso de unos yonkis para grabarlo todo. Es decir, que sin comerlo ni beberlo Clarke estaba inaugurando el cine found footage, falso documental con ‘metraje encontrado’, que muchos años más tarde desencadenaría una revolución en el cine de terror a partir de El proyecto de la bruja de Blair (1999).
Lo rompedor de La conexión en su día no estribó sin embargo en el género que inventaba o en su temática (donde Esperando a Godot confluía en la agobiante espera a un camello, la deseada conexión del título), sino en la supuesta obscenidad de sus elementos. De forma que, aunque La conexión gustara mucho en los entornos más artísticos (el festival de Cannes, el entusiasta abrazo por parte del movimiento beat), la película experimentó la censura y la prohibición de su estreno en muchos cines.
Clarke podría remontar después de esto (un posterior documental sobre el poeta Robert Frost fue nominado al Oscar a Mejor documental), pero se tendría que limitar a un reconocimiento muy de nicho junto al resto de sus amigos experimentales, alejados de la explosión del cine independiente-narrativo que se viviría en EEUU a través de John Cassavetes. Clarke dirigió por ejemplo en 1964 The Cool World, adentrándose en las calles de Harlem y contando con el apoyo de Frederick Wiseman (posiblemente el gran documentalista estadounidense, aunque en esa época aún no era tan conocido). En 1967 dirigió Portrait of Jason, un documental sobre un gigoló gay y afroamericano que tuvo mucho éxito en Europa. Y en el 69 hizo una simpática colaboración con Agnès Varda (de quien estudiamos La Pointe-Courte en este otro CineFórum) en su comedia de cine dentro del cine titulada Lions Love, donde interpretaba a una directora basada en sí misma.
En los 70 empezó a experimentar con el vídeo y la performance, colaborando con John Lennon y Yoko Ono en su película Up your legs forever (compuesta íntegramente por planos de piernas, siendo dos de ellas las de Clarke), o haciendo en el 85 otro documental que tuvo cierto pábulo, Ornette: Made in America. Poco después sin embargo contrajo el Alzhéimer, y murió en el 97 bastante olvidada. Por suerte la reivindicación de su figura no tardó en llegar, organizándose menos de diez años después el premio Shirley Clarke para cineastas de vanguardia.
Y hasta aquí el contexto. ¿Qué os ha parecido, Choquejuerguistas?
