De vuelta del verano nos plantamos ante un nuevo CineFórum. En principio el último que hacemos del modo que llevábamos hasta ahora (ciñéndonos a décadas y tal). En lo que vemos qué sucede de cara a octubre, concluimos a lo grande nuestra travesía por los años 70, tras estudiar Wanda de Barbara Loden, Touki Bouki de Djibril Diop Mambéty y Sonata de otoño de Ingmar Bergman.
Justo después de Bergman, y quedándonos justamente en esa República Federal Alemana donde produjo su Sonata, acudimos a otro director inmensamente consagrado, y alemán para más señas. Quizá Rainer Werner Fassbinder necesite algo más de presentación, aunque no deja de ser un cineasta de influencia notoria en gente tan ilustre como Pedro Almodóvar, François Ozon o Todd Haynes. Añadiría, en un ángulo más underground de Españita, a Marc Ferrer, que justo hace un par de años se marcó un remake bastante curioso de la película que nos ocupa, Reír, cantar, tal vez llorar.
¿Y cuál es la película que nos ocupa? Todos nos llamamos Alí, muy mejorable traducción al castellano de Angst essen seele auf (“El miedo se come el alma”), que Fassbinder escribió y dirigió en 1974. Fassbinder vendría a integrar, junto a Werner Herzog o más tardíamente Wim Wenders, un Nuevo Cine Alemán que tendría correspondencia con esos nuevos cines que llevamos meses analizando, siempre con la Nouvelle Vague como centro gravitatorio. En este caso, y ya que hablamos de una República Federal Alemana marcada por las divisiones y traumas de la II Guerra Mundial, de una correspondencia que tardó lo suyo en concretarse, y que dista de tener un corpus formal definido.
Las inmensas diferencias entre Herzog y Fassbinder así lo indicarían, aunque sobre todo se aprecia en la propia evolución del segundo. Fassbinder empezó de dramaturgo con una gran preocupación entre lo social y lo vanguardista, hasta que a principios de los 70 descubrió el cine de Douglas Sirk y todo cambió para él. Pasó a querer hacer “películas como las de Hollywood, pero sin la hipocresía”, acuñando lo que se denominaría “melodrama distanciado”. Esto es, un melodrama tan emocional y formalista como el que más, pero muy meditado en cuanto a sus efectos políticos y discursivos.
Fassbinder murió por una sobredosis a los 37 años, pero trabajó a un ritmo tan enloquecido que su producción (tanto cinematográfica como teatral y televisiva) es bastante extensa, y reúne todas estas preocupaciones reivindicativas. Todos nos llamamos Ali quizá sea su película más famosa (ahí ahí junto a Las amargas lágrimas de Petra von Kant, cuyo original teatral ha sido adaptado y representado a lo largo del mundo), en cuanto a su denuncia del racismo a través del romance entre un inmigrante árabe y una mujer mayor. Este inmigrante, Alí, está interpretado por El Hedi ben Salem, que en la vida real fue pareja de Fassbinder: un noviazgo realmente turbulento y trágico (Salem terminaría suicidándose en una cárcel francesa, años antes de que Fassbinder le dedicara su último film antes de morir, Querelle).
Sirvan estos pocos datos para acercarnos a este gran clásico del melodrama. ¿Qué os ha parecido?
